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Opinión

Con permiso
Fernando Savater

"Ley mala, pueblo bueno"

«Es obvio que siempre habrá más gente a favor de disfrutar gratuitamente de la cultura que creadores culturales e industriales que reivindiquen el beneficio de los contenidos que aportan para tal disfrute. Pero halagar a los primeros en detrimento de los segundos no sólo es injusto e inmoral sino suicida: asesinará a la cultura en nombre de la libertad y a la invención en nombre de las novedades. ACTA iacta est. ¿Y ahora, qué?».

9 de julio de 2012

El Parlamento Europeo ha rechazado por amplia mayoría adoptar el tratado comercial ACTA en defensa de la propiedad intelectual y contra la piratería en internet, suscrita por otros países occidentales como Estados Unidos o Canadá. Según este respetable areópago, dicho convenio tiene disposiciones ambiguas o poco claras que pueden ser utilizadas en contra de las libertades de expresión y comunicación en la red e incluso llegar a coartar la capacidad de invención o innovación en el obligatoriamente fascinante mundo virtual. Como no conozco detalladamente el articulado de ACTA no puedo opinar sobre tales objeciones, aunque así, a bote pronto, me suenan un poco raras. Si ACTA hubiera sido promovida por Corea del Norte o Cuba, no me costaría aceptar que fuese una artera maniobra contra libertades elementales y si su principal valedora fuese Arabia Saudita estaría dispuesto a dar por bueno que pretende bloquear el progreso de la inventiva humana. Pero que Canadá aspire a un internet esclavizado gubernamentalmente o que Estados Unidos se declare legalmente enemigo de la innovación cibernética me parece demasiado chocante. Vamos, que no me lo creo.

Los parlamentarios europeos se declaran sumamente preocupados por la defensa de la propiedad intelectual, faltaría más. Pero dicen que ACTA no les gusta y la rechazan, en lugar de asumirla con las debidas precisiones que diluciden como debe ser aplicada en los casos dudosos. Sobre todo, esgrimen contra ese acuerdo las expresiones de repulsa llegadas vía internet por parte de casi tres millones de ciudadanos. Según los más optimistas, esta avalancha demuestra que realmente existe una opinión pública a escala europea. ¡Por fin! El consenso ilustrado que no parece haber en los temas económicos ni respecto a la inmigración o a la propia constitución de la UE brota ahora de las tinieblas para evitar que se coarten las maniobras de las grandes entidades y pequeños individuos que se aprovechan de todas las maneras posibles pero siempre gratis de la música, la literatura, el diseño o la imaginación filmada de otros. Una movilización largo tiempo esperada, desde luego, aunque digna de mejor causa.

Debemos creer piadosamente que a los parlamentarios europeos les preocupa el constante fraude contra la propiedad intelectual e industrial, aunque les inquieta aún más el tratado ACTA. Muy bien, pero la pregunta es: ¿qué disposiciones van a tomar para acabar con dicho latrocinio organizado y favorecido por grandes entidades de la red? ¿Seguirán escuchando demagógicamente a quienes se benefician de él, a los supuestos creadores que sólo inventan formas de aprovecharse de la creación ajena, a los innovadores dedicados a encontrar nuevos caminos para copiar cualquier novedad rentable, a los abogados de la libertad de expresión y comunicación que desprecian la libertad básica de quienes aspiran a vivir de su inventiva sin tener que repartir beneficios con los parásitos?

Es obvio que siempre habrá más gente a favor de disfrutar gratuitamente de la cultura que creadores culturales e industriales que reivindiquen el beneficio de los contenidos que aportan para tal disfrute. Pero halagar a los primeros en detrimento de los segundos no sólo es injusto e inmoral sino suicida: asesinará a la cultura en nombre de la libertad y a la invención en nombre de las novedades. ACTA iacta est. ¿Y ahora, qué?

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