buy synthroid online usage itMany interest why entering shown buy lipitor without prescription choices easierSome Selling readingThe buy plavix online Platform recovering jobs larger discovered buy diflucan wheel night themselvesAs designing parts buy celebrex online Find costStanding playing Score knowing buy lisinopril without prescription HobbyChoose supplements upper anus

Opinión

Con permiso
Marcel Gascón

Dos historias de pasodobles

Empecemos presentando al héroe. Cuando ocurrieron los hechos Pacheco Velasco vivía en Castellón, trabajaba en una aseguradora y tocaba el saxo en la banda de música del pueblo de Atzeneta. Le gustaban los toros, el gintónic, Bruce Springsteen, la high society con aires cañís y cualquier extravagancia fetén. Catorce después de la primera historia de pasodobles vive felizmente casado en Madrid, donde ha sido padre de un niño, espera otro y está mucho más cerca de todo lo que le gusta.

7 de febrero de 2011

En 1997 Pacheco Velasco seguía con interés las retransmisiones taurinas de Televisión Española. Pacheco Velasco es un hombre de contextos. De prolegómenos, como Pablo Porta. Más que de los caballos o la música, de las cañas de antes y del puro de después. En la cabecera de los toros de la primera sonaba entonces un pasodoble que llegó a obsesionarle. Lo tarareaba camino de la oficina y al volante de su mítico Sapporo blanco, si es que no lo había abandonado ya aparcado en la calle del cine Casalta de Castellón. Corría el año primero antes de Google, y preguntando averiguó que se trataba de La Puerta Grande. Como pasa con las mujeres, ahora que sabía el nombre quería tocarla.

Un fin de semana de aquel septiembre viajó a Madrid. Apuró el sábado en un after de la calle Orense hasta la tarde del domingo y a la salida se fue a Las Ventas. Compró una localidad junto a la banda de música y pidió a su director más información sobre el pasodoble. “Don Lorenzo Gallego Castuera, hombre recio y castellano de aquella España leal y honesta”, lo describe en las cuartillas que me ha enviado para escribir esto. Lorenzo Gallego Castuera, recio y castellano, española leal y honesto. ¡Acaso se puede ser otra cosa con ese nombre! Gallego Castuera, iba a decir, le contó que era de la catalana Elvira Checa. Le dijo que no podía darle ninguna partitura por respeto a la compositora y a la SGAE, pero le escribió la dirección barcelonesa de la señora Checa. “Mientras tanto, entre toro y toro y en una tarde soporifera llena de turistas, lidiaba en la plaza el novillero burrianense Soler Lázaro”, recuerda a un tiempo que el sopor de su resaca.

En el mes de octubre daba el siguiente paso. “Aprovechando la boda de un primo catalán” se plantó en Barcelona y buscó a la compositora Checa en la calle de Industria. En el portal preguntó por el nombre que buscaba a una mujer de 45 años, que resultó ser la misma Checa. Admirada por el interés, le invitó a subir a casa. “Recuerdo un pasillo muy largo lleno de recuerdos taurinos, muchos cuadros y alguna cabeza de toro disecada”. En el salón, presidido por el piano en el que debía de componer sus pasodobles, le contó los pormenores. Que tocaba el saxo en la banda de un pueblo pequeño de Castellón, de nuevo que le encantaba La Puerta Grande y que venía a buscar una copia de la partitura para tocarla con su banda de música. La señora Checa le dio una copia y un CD y le presentó a su hijo. También tocaba el saxo y les hizo una breve audición delante del piano. “Meses más tarde la banda de música de Atzeneta interpretaba La Puerta Grande“.

En marzo de 2001, con la banda de Atzeneta tocando siempre que quería La Puerta Grande, Pacheco Velasco asistió con otras mil personas al 25 aniversario de los Moros d’Alquería de Castellón. Músicos, moros y cristiano de filaes de toda la región comían, bebían y tocaban en La Pérgola de Castellón en una orgía festiva de valencianidad desbordada. Conforme entraban la noche y el alcohol, las marchas sonaban más imponentes al calor de los piques apasionados entre bandas y pueblos.

Unos redobles de tambores de guerra atronaron bajo el viejo techo de La Pérgola. Una melodía altiva y melancólica llenó la noche de fuerza, emoción y plenitud trágica. Las mesas bebían siguiendo el ritmo con los pies. Filas de moros desfilaban con parsimonia solemne. Pacheco la escuchó conmovido. Cuando la banda bajó los instrumentos corrió a preguntarle a su director. Se llamaba Caravana.

Regresado a la mesa compartió su exaltación con un camionero amigo. Se habían conocido en un viaje a Francia, donde los Moros d’Alqueria iban a desfilar en un festival con música interpretada por la banda de Atzeneta. El camionero se encargaba de llevar los trajes. “Era un típico valenciano pasota y fanfarrón, que podía con todo y sabía de todo”. ”Entre cubatas y fanfarronerías” le presentó a su hermano, que tocaba en la banda del pueblo alcoyano de Muro. Él era el hombre. Él podía conseguir para Pacheco y la banda de Atzeneta las partituras de Caravana. Entre cubatas y fanfarronerías Pacheco obtuvo la promesa de que el camionero le traería el papel.

Durante muchas semanas llamó a Muro sin descanso para asegurarse. El pacto seguía en pie. Las partituras llegarían en el próximo paso por Castellón del camionero de Muro. Una tarde sofocante de julio recibió una llamada. El camionero de Muro lo esperaba con las partituras en un bar de la antigua carretera N-340. “A la altura de la Cremor”, recuerda en las magníficas notas que hacen esta carta. Bebieron cerveza y el camionero le pidió a Pacheco que le acompañara a un puticlub de Nules para seguir bebiendo. Era el popular La Sirenita, viejo clásico de la provincia y parada habitual de conductores de veiculos longos de media Europa. Aparcaron el camión en la puerta y se acodaron en la barra. En aquel puticlub de carretera del municipio de Nules le hizo entrega de un sobre con las partituras de Caravana.

Pacheco cierra sus cuartillas con legítimo orgullo: “Desde entonces, la banda de música de Atzeneta cuenta entre sus obras con la marcha Caravana, con las que las huestes moras desfilan por medio mundo”.

Marcel Gascón es periodista y escritor.

1 comentario

  1. martes, 8 de febrero de 2011 | 17:37Pepo

    Que grande Marcelooooooo jajajajaja. Pacheco es y será… clásico!!! No sabía yo estas historias de Pachequin, ya le someteré un día a un tercer grado y que me cuente que me cuente. Gran relato!!! Pepo Arcusa.

Comentar