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Qué Leer y El Cultural le dedican sendos reportajes especiales

Ibercrea y Ariel coeditan la versión española de Free Ride

Free Ride, primer libro del periodista estadounidense Robert Levine, fue publicado en agosto de 2011. «Un relato maravillosamente lúcido de esta lucha colosal por el futuro de la cultura», según lo definió Bill Keller en The New York Times. Polémico desde el subtítulo (How the digital parasites are destroying the culture business and how the culture business can fight back), su versión española ha sido coeditada por Ibercrea y Ariel con el título Parásitos. Con motivo de su llegada a las librerías físicas y online, las revistas Qué Leer y El Cultural le dedican sendos reportajes.

1 de febrero de 2013

«Avanzamos un capítulo del libro donde Robert Levine (en Ariel) denuncia cómo la moral del “todo gratis” cibernético podría acabar con la cultura». Así anuncia la revista Qué leer, que publica íntegro el capítulo cuarto del libro, el especial de seis páginas que dedica en su número de febrero a la traducción al español de Free Ride.

También seis páginas dedica al libro de la semana la edición de este viernes de El Cultural, que ofrece una reseña de la obra de Levine, la traducción al español de la que Jeffrey Rosen publicó en The New York Times, y un breve análisis de Enrique Dans, Alberto Olmos, Amador Fernández-Savater y Arcadi Espada.

«El libro ha roto las costuras del debate en EE.UU. Levine no sólo practica la disección genealógica de la cultura de lo gratis que se ha enseñoreado en internet en la última década sino que desnuda los intereses de los grandes gigantes digitales, paladines nada desinteresados de la libre circulación de las ideas. Google, Apple y otros capitanes de Silicon Valley habrían ejercido todo su poder para devaluar los derechos de autor», señala Daniel Arjona en El Cultural.

«Paradigma de la bondad -prosigue Arjona- al facilitar unas posibilidades insospechadas de aceso al conocimiento (su oficioso lema es “Don’t be evil”, “No hagas el mal”), Google es para Levine uno de los grandes villanos de esta historia. No sólo es que en suYouTubecorran series, filmes y otros contenidos protegidos al amparo de una ley de EE.UU. que le exime de problemas legales responsabilizando sólo a los usuarios que suben los contenidos. Es que el buscadorencuanto tal abre a sus usuarios una jugosísima oferta de contenidos de terceros. Google se erigió además en el primer mecenas de la cultura libre. Según se relata en el libro, en 2006 donó dos millones de dólares al Stanford Center for internet and Society y entre 2008 y 2009 otros dos millones a Creative Commons. Y es que “los derechos de autor pueden cruzarse en el camino de Google hacia su objetivo: ‘organizar la información mundial y hacerla universalmente acesible y útil’, ya que permite a los creadores limitar el acceso a su trabajo, aunque sea por el simple hecho de cobrarlo”.

La reseña de Jeffrey Rosen en The New York Times
“Ningún hombre –señaló Jeffrey Rosen en la reseña en The New York Times que traduce El Cultural-, a menos que sea un zoquete, escribe como no sea para ganar dinero”, declaró Samuel Johnson. A medida que Internet va destruyendo el modelo empresarial en el que se ha apoyado históricamente al periodismo, al cine, a la música y a la televisión, la opinión generalizada en SiliconValley es que Johnson estaba equivocado. “La información quiere ser libre, porque el coste de difundirla es cada vez menor”, han insistido los activistas tecnológicos, citando al pensador tecnológico Stewart Brand. (De hecho, Brand dijo en el mismo discurso de 1984 que, por otra parte, “la información quiere ser cara, porque es muy valiosa”).

Según la opinión mundial encarnada por Google y Facebook y muchas de las mejores mentes del mundo jurídico y de la comunidad del interés público, el negocio de la cultura se está hundiendo porque los ejecutivos de los medios de comunicación de la vieja escuela que dirigen Hollywood, la televisión por cable, las compañías discográficas y los periódicos no han conseguido adaptarse a las expectativas de una nueva y exigente generación de consumidores de medios de comunicación que quieren películas, música, noticias y libros gratis allá donde se conecten.

En Parásitos, un libro que debería cambiar el debate sobre el futuro de la cultura, Levine sostiene que Samuel Johnson tenía razón, y que son las empresas de SiliconValley, que actúan movidas por su propio interés, las que están equivocadas. “El verdadero conflicto en internet”, escribe Levine, “se produce entre las empresas de medios de comunicación que financian una gran parte del entretenimiento que leemos, vemos y oímos, y las empresas tecnológicas que quieren distribuir su contenido, legalmente o de otra manera”. Al ofrecer un contenido por el que no pagan, o al vender un contenido muy por debajo del precio que cuesta crearlo, afirma Levine, los distribuidores de información y de entretenimiento como YouTube y The Huffington Post se convierten en “parásitos” de las empresas de medios de comunicación que invierten sustanciosas sumas en periodistas, músicos y actores; los distribuidores empujan a la baja los precios de una manera que absorbe la savia de los que crean y financian los mejores logros de nuestra cultura.

El resultado es “una versión digital del capitalismo”, en la que los distribuidores parasitarios se llevan todos los beneficios económicos de Internet reduciendo los precios, y los proveedores de cultura se ven obligados a recortar los costes. Esta dinámica, afirma Levine, destruye el incentivo económico para crear la clase de películas, de televisión,de música y de periodismo que los consumidores exigen, y por los que, en realidad, están dispuestos a pagar».

‘Diamante o arcilla’: el análisis de Fernando Aramburu
El Cultural abunda en el asunto incluyendo un breve análisis de Fernando Aramburu invitando a la reflexión: «La abundancia resta valor. Es el truco que han tenido los diamantes para ser preciosos. La información, por el contrario, en tiempos de internet no ha sabido o no ha querido darse en proporciones razonables y hoy es un todo de mineral barato. Ocurre lo de costumbre cuando hay batiburrillo: estos se forran, aquellos pierden, la masa crédula consume y cada cual, ante la pantalla, jura que no es masa y que decide por su cuenta. Es maravilloso el acceso colectivo a los bienes culturales siempre que estos sean dignos de tal nombre. Internet ha succionado con facilidad los que había. ¿Quién buscará y pulirá los diamantes culturales en el futuro? ¿Quién, sin una legítima recompensa, traducirá libros de 500 páginas, escribirá durante varios años una novela, invertirá dinero en un reportaje sobre los fondos marinos, redactará tratados de medicina a partir de largas y costosas investigaciones? Pensemos».

Para Enrique Dans, Kim Dotcom creó «un producto atractivo»
El monográfico se completa con los comentarios de Enrique Dans, Alberto Olmos, Amador Fernández-Savater y Arcadi Espada. Dans comienza señalando que «la información quiere ser libre». No sorprende que no asocie esa afirmación con la famosa cita de Stewart Brand (probablemente para poder eludir sin complejos la segunda parte de dicha cita: «la información quiere ser cara») ni su insistencia en llamar «información» a las obras intelectuales (probablemente para mantener esa deliberada confusión entre los contenidos protegidos por derechos de autor y el resto de internet).

De todos modos, el uso torticero del lenguaje (hasta el extremo de, a saber por qué, asegurar que su análisis se ha publicado en El Mundo y no en El Cultural) no es lo que más llama la atención en la aportación de Enrique Dans: «Hay muchos modelos de negocio viables. Mientras la industria se dedicaba a chillar histérica que era “imposible competir con el todo gratis” y se afanaba en insultar y perseguir a sus clientes, actores como Kim Dotcom demostraron no solo que se podía crear un producto atractivo, sino que además, los usuarios estaban dispuestos a pagar. Y como todo en la red, tras cerrarlo irregularmente, renace reforzado y dispuesto a demostrar que el sistema que la industria propone no funciona. Quien se niega a evolucionar, es atropellado por la evolución».

Un discurso ante el que cabe preguntarse si Dans realmente desconoce quién es Kim Schmitz y cómo funcionaba Megaupload o definir a ese servicio como «un producto atractivo por el que los usuarios estaban dispuestos a pagar» no es más que una actitud estética. Por el contrario, tanto Alberto Olmos («Todo lo que rodea a la cultura libre viene hoy día envuelto de una pompa extraordinaria, como si incrustar el sello de Creative Commons en tu blog fuera un acto de osadía, cuando de toda la vida de dios uno ha compartido las cosas sin darse tantos aires. En todo caso, lo único que se me ocurre es que las empresas culturales cobren por sus productos y paguen a sus colaboradores y empleados») como Amador Fernández-Savater («Me parece vital que afloren esas voces tapadas y que una realidad múltiple y compleja como la de los creadores y los trabajadores culturales no pueda ser reducida e identificada completamente con los intereses de la industria cultural. Se trataría de un debate directo, sin intermediarios, donde cada cual pudiese hablar con su propia voz. Para escucharnos y pensar juntos: ¿cómo trabajamos, dequévivimos,cómonos afectan realmente las descargas, qué podemos hacer, qué estamos inventando ya?») defienden sus posiciones con honradez intelectual.

«La idea de una cultura de coste cero es absurda»
Arcadi Espada, director del Instituto Ibercrea, es el autor del último de los análisis incluidos en El Cultural sobre la obra de Robert Levine, quien ha sido galardonado con el Premio Ibercrea a la defensa de la propiedad intelectual: «Mientras que el coste de recopilar información sigue siendo alto –al menos para los productores del contenido– el coste marginal de la difusión se redujo al máximo con la llegada de internet, y eso provocó la idea de una cultura de coste cero. Sin embargo, los productos culturales nunca han tenido un precio acorde a su coste marginal. Respecto al funcionamiento del mercado, cuando una obra intelectual está protegida por derechos de autor su precio, como producto de consumo, no se vincula a su coste de reproducción».

«¿A qué nos referimos exactamente -prosigue el director de Ibercrea- cuando hablamos de libros? Porque 20 o 25 euros es mucho dinero por un montón de hojas de papel pegadas. Pero no pagamos por eso: lo que compramos es el texto. El esfuerzo. También quien compra un ebook lo que paga es el texto en sí. Y el editor casi siempre ha pagado al autor por el derecho a venderlo, y por la traducción, la edición, el marketing para su comercialización, etc. El soporte importa poco, porque los costes fijos son los más elevados y son los mismos en un libro impreso que en un ebook. Lo mismo sucede con la música o las películas: lo que se paga con los derechos de autor no es su soporte. Si se distribuyen gratis por internet todas las copias de una obra audiovisual ¿cómo se puede no ya obtener algún beneficio sino simplemente recuperar el coste de producción? ¿Vendiendo el original o primera copia por el importe total de ese coste? ¿Habría que vender la primera copia de una película por doscientos millones de dólares y así poder regalar millones de copias? Absurdo. Es decir el absurdo de la cultura gratuita».

«Por ahora, la piratería está llevando al inevitable recorte a las empresas creativas, primero en plantilla, después en ambición y por último en calidad. No se sabe todavía cómo vincular la copia digital de las obras con la supervivencia de sus autores y, quizá, de la propia industria cultural, tal como ahora la conocemos. La sociedad debe decidir si vale la pena preservar la creación. Y en qué medida. Muchos no se toman en serio una realidad: sin incentivos desaparecerá la creación profesional. El auténtico debate no es si los autores tienen derecho al incentivo para seguir creando sino si la sociedad necesita sus obras. Esa es la pregunta clave y la única aportación, aun colateral, de la actividad de los ladrones», concluye Espada.

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